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Racismo, blanqueamiento e indigenidad: Breve reseña crítica de «Soy José Mamani» (2022)

Dentro de los mea culpa aún no hechos como sociedad peruana tenemos a uno de los pilares que sostienen el carácter de nuestra nación: el racismo. Alegremente, gracias a la capacidad mimética de las artes, desde la segunda mitad del siglo pasado se ha podido denunciar este fenómeno de manera algo más masificada.  Ejemplo de esto es cierta parte del cine peruano (o sea, el limeño y los esfuerzos de provincia), cuyas películas como Cholo (1972), Gregorio (1984), Los Shapis en el mundo de los pobres (1995) o Manco Capac (2020), además de un largo etcétera, han reflejado las diversas vivencias de los grupos migrantes –generalmente campesinos andinos– en las urbes. Sin embargo, posiblemente por que la mayoría de las producciones vienen de la hostil capital, muchas de estas representaciones se contentan con mostrar al papel del racista de manera superficial y sin indagar en su pensamiento, por lo que basta con algunas líneas de “cholo de m…” o “este no es tu campo” para sentirnos conformes con que una producción ya se hizo cargo de la temática. Para mi sorpresa, fuera de ese estricto binomio de bueno-malos, en la Ciudad Lacustre se ha gestado un montaje teatral que indaga en como la discriminación étnica funciona dentro de la mente de alguien que la ejerce.

Durante el mes de marzo, la Asociación Cultural “La Negra” ha presentado la producción teatral Soy José Mamani, una adaptación “a la peruana” de la obra homónima de Fernando Montanares. Dirigida por Julissa Paredes Ramírez y actuada por Gustavo Quispe Cáceres y Romina Paredes Ramírez –además de un equipo de trabajo de más de diez personas–, la obra teatral narra cómo José Mamani, nuestro protagonista, es obligado a asistir a atención psicológica por su familia, esto debido a sus problemas de identidad con su ascendencia aimara y su predilección racista por la cultura blanco-estadounidense. Durante el transcurso de la trama, el protagonista no solo debe lidiar con las punzantes preguntas de la psicóloga, sino también consigo mismo al no aceptar que su acervo altiplánico es algo que lo perseguirá por siempre.

El acierto de esta puesta en escena está en la clara escritura de los personajes y la acertada actuación de sus actores. El papel de José Mamani –alejado de cualquier estereotipo representacional del “pobre indígena”– nos muestra una dualidad entre el goce de una identidad blanqueada y el sufrimiento de saber que puede ser encasillado como “cholo” en cualquier momento. Con un exacto apoyo de juego de luces y música, la puesta en escena de José es la viva imagen de cualquier hijo de migrantes que, con tal de poder encajar en la cultura dominante, mantiene una identidad frágil, tan dócil que con solo un recuerdo de su andinidad puede ser destruido.

De igual manera, cabe destacar el papel del personaje de la psicóloga. A diferencia de José, ella nos muestra la verdad incómoda que el protagonista no quiere aceptar. Totalmente sosegada, de preguntas directas y de frases conclusivas, ya del inicio nos hace notar que su misión es complicada, debido a que no puede sacar ninguna conclusión con un José totalmente negado a hablar. Además de funcionar como personaje con carácter propio, la psicóloga será la voz de la obra frente al racismo y las actitudes del protagonista, característica que se ve reflejada bastante bien al final de la obra.

Ahora bien, y de manera constructiva, me parece que existen algunos aspectos en cuanto a escritura no muy profundizado en la obra, tal como señalar recalcar que el racismo no tiene que ver con que José escoja o no seguir con su herencia aimara, sino las razones que hay detrás de sus acciones. Dicho de otro modo, el blanqueamiento del protagonista no es lo malo –pues también sería un esencialismo tremendo querer encasillarlo como indígena solo por su genealogía–, lo malo es su predisposición discriminatoria a todo lo que tenga que ver con su raíz colla.

Por otro lado, un segundo aspecto que la escritura de la obra dejo de lado es el problema del exotismo o, de dicho de manera menos académica, la estereotipación del que José Mamani puede ser víctima. El mismo protagonista, inclusive, habla en una parte de la obra sobre los comentarios de aprobación que recibe al vestirse de caporal, cosa que a él no le agradaba ¿No será también que José estará aburrido que sus rasgos físicos lo encasillen en una identidad que no le es de su interés por vivir fuera del Altiplano? ¿Podría ser que su rabia frente a lo colla esté también marcada por los eternos comentarios de cosas que supuestamente debería saber o ser solamente por tener un apellido andino? Con esto no quiero decir que la aculturación que sufre José no sea un problema a considerar. Sin embargo, personalmente, creo que la otra cara del racismo es el exotismo, el cual reduce a una persona a tener que «ser» bajo las exigencias en que la sociedad espera por apellidar Mamani o tener un rostro andino.

Fuera de lo anterior, Soy José Mamani es una obra necesaria de ver, que refleja la actualidad del racismo en el Perú y nos invita a viajar en los diversos prejuicios que aún siguen vigentes ¿Cuántos José conocemos en nuestra familias o círculos? La triste dicha de ver esta producción teatral es darse cuenta que el protagonista no es una exageración de la realidad, sino una muestra de lo que posiblemente pasa con muchos y muchas descendientes de puneños en urbes con mayor cantidad de migrantes.

Los invito, pues, a ver la última función de la obra este viernes 8 de abril en Jirón Lima 1015, mejor conocido como el local de La Negra. Para más información les dejo el siguiente link: https://www.facebook.com/LaNegraPuno/posts/5038134299579909

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