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Noviembre 24, 2020
Candelaria

Conozca al Mascarero del Altiplano

Escribe José Vadillo

Desde muy joven, Edwin Loza Huarachi, premio Amauta de la Artesanía Peruana 2010, se ha dedicado a reparar y crear las máscaras tradicionales puneñas.

Como las extremidades superiores de un pequeño dios, sus manos van dando vida, cada día, a monstruos hechos para bailar. Morenos, diablos, chinas-diablas. Esos personajes de uso cotidiano por estos días de celebración de la Virgen de la Candelaria, allá en Puno.
Sus manos amoldan los rostros a partir de la masa que él ha ayudado a perfeccionar a lo largo de los años. No solo hablamos del tradicional yeso sino de una mezcla que él trabajó para darle el atributo de “liviana” y así permitirle a los danzantes mejor desarrollo de sus movimientos. Por eso, su masa es una innovación que une algodón, cola, aserrín, papel maché, carbonato de sodio, cuero y otros componentes.
Pone a cada lado de la frente de un diablillo, serpientes. Los oficios representan al pecado, según la tradición judeocristiana. En otras ocasiones, los leviatanes tienen dientes platinados y deformes, además de aletas, como si se tratase de grandes pirañas. Otras veces, las máscaras llevan pestañas largas y rizadas. O son negros bembones que fuman una pipa. Y todo con alegría.
Es que la exageración es parte de la fiesta y la danza, aquí en el Altiplano. A todas sus creaciones, él les pone la firma “ELozaH”, de un solo trazo: Edwin Loza Huarachi. Su nombre ya es una marca prestigiosa en la tradición puneña de la imaginería de máscaras.
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Dicen que los mejores conocen muy bien la cancha donde rodará la pelota. Si el señor Loza ha tenido siempre la preocupación de crear máscaras que a la vez sean confortables para los bailarines es porque durante dos décadas bailó en la Diablada Porteño.
Primero tuvo cola; es decir, bailó de diablo. Lo hizo por un lustro, hasta que, redimido de esta historia de buenos y malos, bailó de ángel. Lo hizo tan bien que repitió el papel durante 15 años consecutivos.
Para el maestro Loza Huarachi este proceso debe de ser natural: uno tiene que empezar a bailar la diablada a partir de los personajes “más humildes, los más pobres, como mínimo tres años, y luego ir escalando hasta llegar a diablo-caporal”, contó en el documental Herederos de nuestra magia.
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El teléfono del taller del maestro ha repiqueteado por días sin respuesta para Variedades. Entendemos que son días cuando todos en Puno bailan por fe y devoción a la Mamita Candelaria. El maestro nacido en la provincia de Moho debe restaurar máscaras, atender pedidos, pues los entendidos reconocen en Loza una capacidad que lo diferencia de otros “careteros”: él hace piezas únicas.
Este año han participado en las festividades de la Mamacha Candelaria más de ciento cuarenta conjuntos, cuarenta mil bailarines, nueve mil músicos, “una energía humana más fuerte que un ciclón norteamericano, miles de polleras, capas y máscaras”, según define el poeta Omar Aramayo, alarmado porque de un costo total de unos veinte millones de dólares, tres millones se van en alquileres y venta de trajes y el resto en el consumo de cerveza, una cachetada mientras Puno sufre también de “friaje”.
Por su parte, Loza ha dicho que las máscaras de diablo-caporal pocas veces coinciden porque cada una es distinta, como la vida y la personalidad de cada bailarín. Es su forma de ver este arte, nunca al por mayor, siempre trabajándolas pacienzudamente.
“Soy un imaginero de máscaras”, se ha definido el artista de 65 años de edad en una entrevista para Herederos de nuestra magia, y que hoy se puede encontrar en internet. Porque él comprende que la imaginería no solo es un término relacionado con crear imágenes de santos y vírgenes, sino el concepto es más amplio, siempre ligado con lo popular, e incluye a esos seres que él ha perfeccionado con sus manos por décadas: los morenos, los diablos y las chinas-diablas.
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Sus máscaras más elaboradas están ligadas con la danza de la diablada. Loza Huarachi ha estudiado la tradición altiplánica. Sabe que la diablada no está inspirada en el diablo –una idea que llegó con los barbudos españoles y la religión católica– sino en el Janchanchu o muki, el dios de las minas, a quien los habitantes precolombinos pedían permiso con rituales y máscaras hechas de piel de venado, para poder extraer minerales de la tierra.
Según sus investigaciones, solo a la tradición altiplánica peruana pertenecen las máscaras del “caporal” de la diablada y de la “china-diabla”.
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“En un taller te sales del mundo, estás muy concentrado en otro mundo. Lo mismo pasa cuando bailas. Te pones una máscara de caporal y ya no eres tú, te estás transportando a otro mundo”, ha dicho el maestro.
Hace tres años, el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo le otorgó el título de Gran Maestro de la Artesanía Peruana 2010. Fue la punta de un iceberg compuesto por numerosos premios y reconocimientos que ha logrado a nivel de Puno, desde los años 80, este investigador del folclor altiplánico, artesano y profesor de biología y química.
El oficio de mascarero tiene un peso específico en su historia personal. Empezó cuando él era un niño y estudiaba en el Núcleo Campesino Escolar del poblado de Rosaspata. Ahí le enseñaron a hacer las pequeñas máscaras de arcilla para adornar los panes “tanta wawas”, tradicionales de la Semana Santa. Después, su hermano menor Dino, un 8 de diciembre, ingresó a bailar sicumorenos para los Sicuris del barrio de Mañazo. Entonces comenzó a restaurar las máscaras de su hermano y sus amigos, observando primero cómo elaboraba máscaras el maestro ‘Carcal’ Velásquez.
Con la misma dedicación y entereza, fue perfeccionando su oficio autodidacta, aprendiendo a mejorar la técnica, viendo a los maestros. Ya adolescente, había ganado cierta fama como restaurador, siempre incentivado por su padre y sus profesores de la escuela. Su propia leyenda cuenta que la primera máscara que hizo la elaboró justamente cuando empezó a bailar como diablo en la Diablada Porteño. Lo que le motivó fue que a una turista extranjera le encantó su trabajo y le compró su máscara por 200 dólares. El resto, es historia, sudor y amor a la tradición.
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