El cine puneño del 2004–2005, o cómo el clasismo cultural puede convertirse en el peor enemigo del arte.
Por: Jesús Augusto Heracles Rosas | Docente ESFAP-Juliaca 2026
Ayer, tras un largo tiempo alejado del circuito cultural de la ciudad de Puno, asistí a la inauguración de la exposición “De la pantalla al lienzo”, dirigida por Miriam Natali Llanque Chana y producida por Flor Angela Quispe Calsin. A partir de esta visita, quise compartir algunas reflexiones.
Durante la muestra, tuve la oportunidad de conversar con Flaviano Quispe —conocido por Juanito, el huerfanito (2004)— y con Henry Vallejo —director de El misterio del kharisiri (2005)—, quienes recordaron las duras críticas que recibieron en el momento del estreno de sus películas. Estas, emitidas principalmente desde la prensa limeña, calificaron sus trabajos como “cine provinciano de baja calidad”, en una lectura que, incluso en su propio contexto, resultaba limitada.
Este tipo de juicios evidenciaba un problema más profundo: la persistencia de un clasismo cultural que históricamente situó a Lima como el centro legítimo de producción artística y relegó a las regiones a un lugar secundario o deficitario. En ese marco, el cine puneño de inicios de los años 2000 no fue entendido como lo que realmente era: una práctica creativa emergente, desarrollada en condiciones materiales precarias, pero sostenida por una enorme voluntad de producción.
Evaluar estas obras bajo los mismos parámetros que las producciones capitalinas —o, más aún, bajo estándares internacionalizados— no solo resultaba injusto, sino también profundamente descontextualizado. Se trataba de un cine autogestionado, con recursos limitados y sin una industria consolidada detrás, que, sin embargo, logró construir un lenguaje propio y conectar con su público.
Lejos de ser una debilidad, aquella aparente “simpleza” técnica y narrativa constituía, en muchos casos, una forma de adecuación a las condiciones reales de producción. Pretender que estas obras respondieran a criterios ajenos a su contexto implicaba desconocer la naturaleza misma del acto creativo en territorios históricamente marginados.
Pero el problema no radicaba únicamente en la crítica, sino en el tono con el que esta se ejercía. ¿Por qué la burla? ¿Por qué el menosprecio hacia formas de hacer arte que emergían desde contextos adversos? ¿Qué se ganaba desacreditando iniciativas culturales en regiones que, durante décadas, habían sido sistemáticamente desatendidas por el Estado?
Conviene recordar que, hacia 2005, las condiciones de formación profesional en el ámbito audiovisual en Puno eran aún incipientes y que los recursos disponibles distaban enormemente de los existentes en la capital. En ese escenario, el surgimiento de una producción cinematográfica local no debía leerse como una carencia, sino como un logro significativo.
Y, sobre todo, como un punto de partida.
Porque fue precisamente desde esa filmografía inicial —muchas veces subestimada— que el cine puneño logró proyectarse en el tiempo. Posteriormente, pudo reconocerse en obras como Wiñaypacha (2019) y Manco Cápac (2021), que alcanzaron reconocimiento internacional y fueron consideradas en procesos de selección hacia los Premios Óscar.
La experiencia puneña invita a replantear una idea persistente: que el valor del arte reside exclusivamente en su nivel técnico o en su cercanía a ciertos modelos hegemónicos. Por el contrario, demuestra que el arte también se construye desde la insistencia, la precariedad y la necesidad de expresión.
Mi admiración se mantiene con quienes, desde lo poco que tienen, apuestan por crear. No por cumplir estándares externos, sino por la convicción de realizarse a través de su propio lenguaje.
Siempre es momento de dejar de juzgar el arte desde parámetros uniformes y comenzar a comprenderlo desde sus condiciones materiales de origen.
Para quienes deseen conocer más sobre este proceso, la exposición “De la pantalla al lienzo” estará abierta hasta el 17 de abril en la Casa de la Cultura de la Municipalidad Provincial de Puno.







